El bus urbano
Alguna vez mi muy noble y sabia madre le dijo a una amiga extranjera que si quería conocer al pueblo bogotano, se montara en un bus urbano. Y es que para una persona como yo que se cala diariamente 2.9 horas de bus en promedio, porque vive en la otra esquina de la ciudad (no como aquellos que a pesar de que viven casi que debajo del w llegan tarde a clase) el bus hace parte importante de su desarrollo socio-económico-espiritual.
Hace una semana se subió un tipo que se echó 45 minutos de conferencia sobre la sexualidad humana, el sida, la prostitución, el complot monopólico de las grandes compañías para dominar el mundo y de como los transformers incitaban a los niños a ser transexuales desde pequeños, no sin pedir la colaboración para esta campaña para la protección de los buenos principios.
Y ese no es el personaje mas peculiar. Hay un cuentero paisa que se sube en la quince al que le he dado como 3000 pesos en total porque lo hace a uno reir como si se hubiera acabado padres e hijos. Y a veces en la 7ma se sube un trio de mujeres que tocan música llanera (con arpa y todo) que berraco encarte trastiar con un arpa y dos guitarras todo el día pa tener que dividirse entre tres los miserables pesos que les dan todos aquellos que no se quedan dormidos o hacen de la música llanera todo un espacio de introspección personal.
La vez pasada se subió una pareja de payasos raperos, y después un poeta rehabilitado del cartucho (porque juepucha, si que hay rehabilitados del cartucho) y no falta la madre soltera que lleva 3 años sosteniendo a sus 7 hijos porque su esposo se murió ayer.
Y eso que no he mencionado a mis preferidos.... los vendedores.
De todos los tipos, tamaños, acentos, y edades. Me han ofrecido chocolatinas turcas, caramelos bianchi, velas de vidrio, lápices que se doblan con una vela, platillas para los pies que usan la reflexología china para curar aproximadamente 129 enfermedades, cocosete, pulseras para la novia que no tengo, estampitas de la virgen de yonosequé que protegue a los estudiantes vagos y a los maridos impotentes, kits de limpieza oral (con pastillas y todo), mani de dulce, mani de sal, habas boyacenses, esqueletos a escala para estudiantes de medicina, lápices alemanes de punta de acero-tungsteno(el mismo material de las naves espaciales) y un larguísimo etc. De lo único que me arrepiento es de no haber comprado la colección de fasículos de la enciclopedia de informática que era como del 85, pero que seguro me hubiera servido.
De verdad que montar en bus por bogotá es todo un deporte extremo, porque además los nobles buseteros luchan a pulso cada uno de los pasajeros a punta de volantazo y cruceta. No sé como a veces me logro quedar dormido. De todas maneras siempre hay una segunda opción, el transmilleno (no recomendado para claustrofóbicos o mujeres dotadas) en el que el "contacto" con el pueblo bogotano es tan apretado que uno lo puede sentir respirándole en la nuca.
